Thursday, February 23, 2006

De temblores y cataclismos

Siempre estuve fascinado con la idea de Uno Temblor. Un señor circunspecto que aparece como la primera inscripción de una cultura prehispánica, la primera expresión verbal que quedara por escrito, en este caso en una estela de Monte Albán. Aparentemente, un prisionero de algún grupo enemigo de los zapotecas. Y aunque he de admitir que el heroismo / antiheroismo de la guerra siempre me ha atraído, creo que hice mío el nombre del primer terremoto debido al simbolismo: lo primero que aparece escrito en Latinoamérica tiene que ver con conflicto, con rebeldía (basta ver la foto de la inscripción, que muestra al prisionero en una actitud desafiante), con terremotos y cataclismos.

Años más tarde formé parte de una narrativa a la que aún no terminamos de poner nombre, una narrativa relacionada a la democratización del Estado, pero también vinculada al juego político, una narrativa de espías y contra-espías, una narrativa que me marcó, que me volvió a la vez un pragmatista político y un revolucionario neopentecostal (bueno, en el sentido de haber tenido un reencuentro con el mesianismo benjaminiano).

Dentro de este gran cuento latinoamericano que me tocó vivir, por momentos como analista, por momentos como asesor pretoriano, por momentos como vil agente encubierto, algún desocupado se dio a la tarea de recopilar todos los pequeños fragmentos de la cotidianeidad de ese relato realista-mágico. En esa descripción, mi personaje fue buatizado como Kabrakán, debido al Dios Maya que aparece en el Popol Wuj, el cual "derrumbaba los montes a patadas". Tal vez ese fue mi aporte durante esos años, el de sacudir ideas y alguna que otra estructura con mis ímpetus de juventud, mis ideales democráticos y una que otra teoría geertziana / gadameriana.

Kabrakán, Uno Temblor, todo me llevó a desenterrar algunos libros donde al fin encontré una representación del bendito Dios del terremoto, esta vez en un códice Mixteca. Es un tipo con una mirada un poco extraña, hay mucha locura y mucha muerte en él. Confieso que existe un gran impulso en mí por tatuarme la imagen de este señor en la espalda, pero tal y como están las políticas neo-fascistas en mi país en contra de los pandilleros (y todo aquél que usa tatuajes es asociado con las pandillas), pues mejor me quedo con la gana, por el momento.

Hoy ya no sé a qué nueva narrativa voy a pertenecer. Solamente sé que estoy a miles de kilómetros de donde está enterrado el ombligo. Como estuve hace tantos años ya, cuando mi padre nos llevó en un éxodo lleno de los colores y sabores del mundo. Desde acá, desde esta fea isla (y lo siento mucho por los miles de bretones, escoceses, galeses y romanos que murieron peleando por esta, la inhóspita Britannia), creo que continuo pegando una que otra patada, sea a la fallida epistemología de los "Estudios de Paz", sea a los imperialismos disfrazados de buenas intenciones de la gente blanca, o sea a los fundamentos mismos de mi ser revolucionario, que a la vez es irremediablemente conservador en tantos, tantos aspectos.

Tal vez ya no sean los grandes cataclismos de antes, pero aún provoco uno que otro susto. Ya me la creí, aparentemente, es decir, para eso es que estoy acá, para sacudirle la mente a un par de profesores, muchos alumnos, infinidad de amigos y una que otra mujer interesante...